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Terra
La Coctelera

Contranatura (versos enconados)


Imagen: Barna 2006

Miro sin mirar en mí
y al mirarte veo
mi propia timidez
y las ganas que te tengo.

Doy un paso
y al quitar el pie
veo la huella
que no he querido dejar (-te) (-me).

Miro la luna en negativo
de una foto
que al final quiso salir.

Escribo un soneto
a contranatura
de sus versos.

La cucaracha de los deseos (Barcelona 2002)

Hoy me ha pasado algo curioso. Sí, ya sé que parece una locura, seguramente lo es. Estaba yo tranquilamente sentada en uno de esos bancos un poco cochambrosos del metro de Pza. España. Leía al señor Salinger y su guardián entre el centeno. De repente se me despistó la vista. Lógico, al lado de mi pie, bordeándolo, caminaba una cucaracha de una dimensión descomunal. En serio, nunca he visto una mayor.


Imagen: www.pochorno.com

Lo realmente extraño, es que no he sentido repulsión, es más, mi vista se entretenía en todos los detalles. Su caparazón dorado, sus largas antenas que exploraban la suela de la zapatilla, las alas, que francamente, no sé si a una cucaracha le sirven para volar. Y, de repente, he sentido el impulso de pedirle un deseo. No ha costado demasiado. Que me espere todos los días, al lado de ese banco y nos echemos una charleta. Debe ser muy interesante la vida de una cucaracha.

Estado de gracia

Una bocanada de humo salió de su boca, dibujó extrañas formas al contraluz del flexo y se perdió en la oscuridad de la habitación. El aire olía a tabaco y humedad, como una costra formada por los años. En la parte no iluminada por el cono de luz se apilaban columnas de libros compitiendo por llegar primeros al techo, configuraban, a simple vista, los muros de carga y paredes que rodeaban al hombrecillo.

Llevaba horas delante de la máquina, torturándose el cerebro inútilmente, cambiando una y otra vez la cinta, intentando, con ese ritual, quizás atraer la atención de la inspiración despistada.
Cabizbajo, maltrecha ya su espalda, dio rienda suelta a sus dedos, tecleando un "asdfgñlkjh" repetitivo, hasta que las palabras como por error, comenzaron a fluir... "asdfgñlkjh asdfgñlkjh asdffglkkh asflg.....gas.....gui....guiño...guiñó su ojo, más por tic que por otra cosa, pero de la forma más tonta, a ella le pareció gracioso. No solían hacerle guiños en el metro, lo cierto es que no se los hacían en ningún lugar, las cosas como son. Así que aquel gesto, fortuito o no, le resultó de lo más agradable. Estiró su falda con un gesto suave y apartó el flequillo distraídamente. Él continuaba con su táctica, pero ante el asombro de ella, regalaba sus atenciones a todo bicho que se le cruzara por delante. Soliviantado por la mirada atenta de la mujer que tenía justo delante, se sumió en el libro que llevaba en el maletín.
Levantaba la mirada a breves intervalos y no lograba concentrarse en las letras que bailaban de forma burlona. Tan burlona como la risa que comenzaba a escaparse de la boca de ella, una risa tan encantadora y contagiosa, que todo el vagón, al principio sorprendido, comenzó a ser un estruendo de carcajadas. El se sintió observado y ridículo, pero pronto comprendió que la única que le observaba era ella. Una sonrisa, que atisbó tímida, creció en su rostro....."

Ya se sentía cómodo para reanudar el trabajo, así que arrancó la cuartilla de la máquina, la estrujó entre las manos y la lanzó al fondo de la papelera. Colocó un nuevo folio y prosiguió.

Estaba en estado de gracia, debía aprovechar el tirón, y el sonido de las teclas volvió a inundar la sala. Depositó la primera de las páginas en la carpetilla que reposaba al lado. En la portada podía leerse con un bonito trazo: "Aseguradora Vitalicia. Memorándum de Decesos."

Feodor

Feodor no era un niño introvertido. Solo que a fuerza de ir contestando que no, que no se apellidaba Dostoievski, había ido dejando de presentarse. Cuando alguien le preguntaba su nombre, él contestaba con un gruñido. Sus padres, claro está, se sentían avergonzados en sociedad, como buena familia burguesa. Y el pequeño Feodor, cada día más ensimismado en su mundo, un día desapareció.

Vagabundeó por el Retiro, rodeó quince veces la estatua del Ángel Caído, como si de un ritual se tratara, viéndose reflejado en él. Con las monedas que tenía, no demasiadas, porque no había previsto aquella huída, se dirigió a una señora que miraba las palomas sin verlas y le compró la suerte.

Vió tiza en el suelo, con forma de tritón y se dijo que sí, que evidentemente había comprado la suerte. Sin pausa, cogió la lágrima de una golondrina que volvía a casa y llegó hasta el lago encantado. Allí, aleteando entre libros vio a un chico que esperanzado miraba al cielo, como siguiendo la misma golondrina que él. Se le acercó, poquito a poco, temiendo distraerle la mirada. Sacó una moneda y miró su libro. "¿Sabes quién es Dostoievski?" le dijo el joven repentinamente. El pequeño, asustado, comprendió todo, la mujer de la suerte, el estanque encantado y supo, al instante, que aquel joven rompería su hechizo. Le miró muy serio y le dijo "sí, aquí me tienes".

Fugaces

El viento abrasa el cascarón
perdido de los días pasados,
como si un enorme vómito
pretendiera renacerme
de las cenizas del olvido.


Imagen: Jean Delville (Belgian, 1867-1953).
From Darkness to Light. Date: 1929

El hombre que caminaba despacio

MUJER.jpg

A Pedro le tomaban por loco. Según salía por la mañana, camino de la fábrica, se sentaba en el escalón del portal. Abría siempre el mismo libro por la misma página y lo leía con aspecto concentrado. Cuando la acababa, se levantaba parsimoniosamente y, midiendo sus pasos, observando cada partícula que había aparecido desde el día anterior, llegaba al hermoso árbol que crecía junto a su casa. Lo acariciaba. Lentamente. De vez en cuando recorría con el dedo alguna de las hendiduras, algún niño, probablemente había estrenado su navaja en él. Luego miraba al cielo y se giraba en torno suyo para ver los recortes que producían los edificios en las nubes.

Sólo entonces daba un rodeo, como un paso de baile y miraba a la gente. De arriba abajo, sin el más mínimo rastro de discrección. Si había suerte y alguna persona le devolvía la mirada, a veces indignada, clavaba sus ojos en los suyos.

Dicen que estaba loco, yo no lo creo. Un día soleado se murió. Sentado en el bordillo, con su libro en la mano. Sólo una vez hablé con él. Me contó, con un tono dulce y sosegado, que aquel ritual le consolaba. Encontraba, en esa página en blanco, la promesa del libro que algún día escribiría. En el cielo, buscaba el amor que algún día debía llegar. El árbol escondía, seguro, un corazón marcado con su nombre en él. Y entre la gente, me buscaba a mí.
Ahora soy yo la que se sienta en el bordillo, la que contempla las nubes, la que hurga la corteza de un árbol. Y entre la gente, aún le sigo buscando a él.

Calma en ocre

MUJER.jpg

Como un crepúsculo detenido,
llegas y me encuentras despierta,
un brazo aquí, una pierna allá,
implorando otra dosis letal
de tus entrañas.

Te miro y paciente sueño.
¡Es tan cálida tu presencia!

Y entre sueño y sueño escribo,
mi testamento y algunos
versos sueltos.

Ausencia

Desde la lejanía,
mis versos te recorren
con dedos de palabras
que huérfanos acuden.