Una bocanada de humo salió de su boca, dibujó extrañas formas al contraluz del flexo y se perdió en la oscuridad de la habitación. El aire olía a tabaco y humedad, como una costra formada por los años. En la parte no iluminada por el cono de luz se apilaban columnas de libros compitiendo por llegar primeros al techo, configuraban, a simple vista, los muros de carga y paredes que rodeaban al hombrecillo.

Llevaba horas delante de la máquina, torturándose el cerebro inútilmente, cambiando una y otra vez la cinta, intentando, con ese ritual, quizás atraer la atención de la inspiración despistada.
Cabizbajo, maltrecha ya su espalda, dio rienda suelta a sus dedos, tecleando un "asdfgñlkjh" repetitivo, hasta que las palabras como por error, comenzaron a fluir... "asdfgñlkjh asdfgñlkjh asdffglkkh asflg.....gas.....gui....guiño...guiñó su ojo, más por tic que por otra cosa, pero de la forma más tonta, a ella le pareció gracioso. No solían hacerle guiños en el metro, lo cierto es que no se los hacían en ningún lugar, las cosas como son. Así que aquel gesto, fortuito o no, le resultó de lo más agradable. Estiró su falda con un gesto suave y apartó el flequillo distraídamente. Él continuaba con su táctica, pero ante el asombro de ella, regalaba sus atenciones a todo bicho que se le cruzara por delante. Soliviantado por la mirada atenta de la mujer que tenía justo delante, se sumió en el libro que llevaba en el maletín.
Levantaba la mirada a breves intervalos y no lograba concentrarse en las letras que bailaban de forma burlona. Tan burlona como la risa que comenzaba a escaparse de la boca de ella, una risa tan encantadora y contagiosa, que todo el vagón, al principio sorprendido, comenzó a ser un estruendo de carcajadas. El se sintió observado y ridículo, pero pronto comprendió que la única que le observaba era ella. Una sonrisa, que atisbó tímida, creció en su rostro....."
Ya se sentía cómodo para reanudar el trabajo, así que arrancó la cuartilla de la máquina, la estrujó entre las manos y la lanzó al fondo de la papelera. Colocó un nuevo folio y prosiguió.
Estaba en estado de gracia, debía aprovechar el tirón, y el sonido de las teclas volvió a inundar la sala. Depositó la primera de las páginas en la carpetilla que reposaba al lado. En la portada podía leerse con un bonito trazo: "Aseguradora Vitalicia. Memorándum de Decesos."